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miércoles, 1 de junio de 2011

Capítulo VI Delirium tremens


            -¡De prisa llévenlo al cubículo 7!-instruyó un enfermero- ¿Quién le hizo esto?
            -No se identifico al sujeto-respondió el paramédico-. Quién lo encontró no supo decirnos.
                         
Pasan rápido por varios corredores y llegan al cubículo 7, cambian al herido de la camilla a la cama. Un grupo de enfermeras, bajo el mando de un doctor, se encargan de suministrar los sueros y conectar los aparatos de respaldo vital.

-¿Cuál es su condición?-pregunto el doctor.
-Heridas profundas en el pecho y mano por arma blanca-respondió una enfermera.
-¡Esta perdiendo mucha sangre!-dijo el doctor-.Preparen una transfusión ¡rápido!
-¡El pulso está bajando!-gritó una enfermera-. ¡Se nos va! ¡Se nos va!


En una habitación, apenas iluminada por una vela, se veían dos personas heridas, ambos tendidos en el suelo sobre grandes charcos de sangre. Los casquillos de las balas percutidas se encontraban muy cerca de una ventana rota, los cristales despedían un tenue y fantasmagórico resplandor.

            -¿Puedes levantarte?-preguntó lastimeramente J. Alberto.
            -No lo sé-respondió José- Déjame intentarlo.-Soltó un gemido de dolor y se desplomó en el suelo.
            -¡Ese maldito me disparo en la rodilla derecha!-dijo.
            -Creo que a mí no-respondió J. Alberto mientras se ponía de pie-. Pero tengo destrozada la mano derecha y dos balas en el pecho.

Lentamente levantó a José del suelo y lo colocó en el sillón que ocupaba, cuando escucharon pasos fuera de la habitación. Petrificados por el miedo, se quedaron inmóviles en su lugar a esperar el regreso de Aljeos, pero cuál fue su sorpresa al ver entrando a “Él”.

            -¡¿Qué haces aquí?!-exclamó José- ¡Si estás aquí se supone que estas en peligro de muerte!
            -Más bien sería ¿Qué hacen ustedes aquí?-dijo “El”-. No importa porque estoy aquí, lo importante es que restablezca un orden entre ustedes cuatro.
            -No necesitamos un orden-dijo José-. Solo necesitamos un bando ganador, y si J. Alberto y yo logramos ganar sobre esos impulsivos e idiotas de Alberto y Aljeos, se llegara a un verdadero estado de perfección.
            -Entiende que no debe haber ganadores-respondió “Él”-. Yo soy ustedes y ustedes son yo, si alguno falta no se logrará un buen resultado.
            -Tiene razón en eso José-dijo J. Alberto-. Es lo que antes decía.
            -¡Cállate!-gritó-. Eso que dice ya está influenciado por esos 2 imbéciles, ¿No entiendes?
            -Ah…-suspiro J. Alberto-. Desde hace algún tiempo que tengo la idea de que el que quiere imponerse eres tú.
            -¡¿Cómo te atreves?!-se indigno José-. Después de todo lo que he resuelto con la más rápida y efectiva manera.
            -Si-interrumpió “Él” -. Y lo has hecho bien. El punto es que te quieres imponer sobre los demás, y eso amenaza la estabilidad de la restructuración mental que se ha iniciado.
            -Además-agregó J. Alberto-. El caso de esta chica Ingrid podría ayudar en lugar de afectarlo todo como tú dices.
            -J. Alberto-dijo José-. Me da lástima ver cómo has caído ante esas idiotas ideas creadas por un par de imbéciles.
            -Por cierto-dijo “Él”-. Todo el desastre que pasó con Fernanda fue tu culpa.

José se queda petrificado al verse evidenciado, era su único error y el que más le dolía que le recordaran. “Él” soltó una carcajada, mientras se entretenía contemplando la ventana rota.

            -Vaya que a Aljeos le gusta dejar huella-mencionó-. ¿Sigue siendo el mismo de siempre?

Ante el silencio que guardaron ambos  “Él” dedujo que no había cambiado en lo más mínimo.

            -Me gustaría quedarme un poco más-dijo al fin-. Pero no puedo, tengo que volver.


-Apenas y lo salvamos-dijo el doctor-. Las heridas eran profundas y la mano izquierda nos dio varios problemas, además, estuvo murmurando mucho mientras estábamos atendiéndolo, probablemente sufrió alguna alucinación.
-¿Ya despertó?-pregunto una chica
            -Aún no-respondió el doctor-. Pero podrá pasar a verlo en cuanto terminemos las transfusiones de sangre, le cambiaremos de urgencias a recuperación.


¿Qué fue lo que paso? Solo recuerdo lo último que pasó en el parque y aquella voz al final. Además no sé como llegue a este hospital, todo es muy confuso. Me pican las vendas, las heridas que me hizo Aljeos punzan. La sangre cae lentamente de su empaque y fluye dentro de mis venas, tengo la mano izquierda completamente vendada al igual que el pecho. ¿Habrán avisado a mis padres? Me preocupan un poco. El ambiente de ese hospital era aburrido, solo me quede contemplando el techo.

-Qué bueno que ya despertó-me dijo un doctor-. Se les dio aviso a sus padres y ya vienen en camino.
-Gracias-dije-. ¿Eh podría decirme quien me trajo aquí?

Antes de toda respuesta salió a mí encuentro Sonia, mi anterior compañera, la anterior a Fernanda.

            -¿Por qué siempre que te veo estas metido en líos eh?-dijo con una sonrisa sarcástica en su rostro.
            -Pues no sé-le contesté despreocupado-. Siempre me agarras en curva, me traes mala suerte.
            -¿Quién te hizo eso?-me pregunto.

Después de que el doctor dijo sus últimas instrucciones y se retiró, le relaté a Sonia toda la historia detrás de Alberto y mis múltiples personalidades tan polarizadas que me han llegado a hacer daño, tal y como lo hizo mi furia, que, al ver un destello de razón, me atacó.

            -Ah…-suspiró-. Ya eres el tercero que conozco con eso, un amigo homosexual, bueno bisexual y…mmm... ¿Cómo crees que recibirás este golpe?

Se levantó y se dirigió a la entrada, llamó a alguien, y tras ella apareció una chica muy parecida a ella.

            -Ah… ella es Violeta... mi pareja-dijo, un poco apenada.
            -¿Qué esperabas que hiciera?-dije-. No me lo tomo a mal.

Platicamos largamente, pero procure no preguntar nada en absoluto sobre ellas, su relación es su asunto, yo no tengo nada que ver ahí. El tiempo paso y  ellas tuvieron que irse.

            -Fue un buen detalle que no nos cuestionaras-me dijo-. Pero te diré que hubo alguien más después de ti.
            -Igual en mi caso-respondí-. Pero no tienen importancia.
            - De igual manera-me contestó-. No puedes evitar de quien te enamoras.
            -Siempre tan razonable-le dije.
            -Si…-me dijo y meditó un rato-. Pero entre más sabes…más sufres.
            -Es casi como digo yo-agregué-. Siempre más cerca, siempre más doloroso.
            -En cuanto te recuperes-agregó-.Te invito a platicar sobre ello
            -De acuerdo-respondí-. Yo te llamo.

Se despidió con un gesto de la mano y salió con Violeta. Extrañamente me sentía alegre por ellas, una especie de empatía que jamás había experimentado, pero me sentía bastante cansado, así que decidí acomodarme en la cama y dormir un poco más.


            -Apenas y se salvo-dijo-. J. Alberto.
            -Cállate-dijo un José muy desmejorado- ¿Cómo pudo ella convertirse en…en eso?
            -¿Te asusta?- preguntó.

El ambiente de la habitación se volvió tenso, J. Alberto se dirigió a la puerta y salió, por última vez se verían, por última vez José controló a J. Alberto.

-La inevitable confrontación de los cuatro se ve cada vez más cerca, el ataque de Aljeos casi le cuesta la vida a “Él”-pensó J. Alberto-. Alberto y su inmersión, ¿y yo? Creo que debo pensar en algo, quizá algo parecido al plan de Alberto.

Y sigue caminando por calles vacías, sus pasos producían un leve eco que se perdía en esas calles, donde no tardaría en dejar de transitar.


¡Ah! Como son extraños estos sueños. La brillante luz de los focos del hospital me despertó antes de saber qué es lo que haría J. Alberto, me hubiera gustado saber qué es lo que planea. Pasan y pasan las horas, una enfermera cambia el paquete de sangre agotado por uno de suero, al parecer, he recuperado toda la sangre que perdí, Aljeos es de cuidado, espero no tener que verlo así siempre.

            -¡Hijo!-grita mi madre.
            -No llores mamá-le digo y seco sus lágrimas.

No puedo explicarles que me ataco mi furia, así que invento una historia de un asalto y que opuse resistencia. Después de un poco de plática, mis padres son llevados a la sala de espera hasta que pueda salir por mi propio pie.

martes, 31 de mayo de 2011

Capítulo V Furia


La búsqueda eterna, la prolongada espera.
Por el ser amado, por lo que sea.

Testaruda persona que es la que se queda
¿Y para qué?
Explícame porque… ¿Solo amor?

¡El amor no genera frutos!
No me vengas con mentiras,
¡Tan solo crea difuntos!

¿Acaso crees en todas esas chucherías?
La pasión es la reina de las tonterías.

Amor, amor... ¡Eso es solo una ilusión!

            -¿Qué te parece J.A.?
-Nada mal, nada mal- respondió el aludido-. Representa exactamente lo que opinas en esos asuntos.
            -Si, pero estamos perdiendo terreno-dijo con fastidio-. ¡Maldito idiota! ¿Cómo se atreve a revelarle todo?
            -¿Tanto te molesta?, Mira que él solo parece un niño divirtiéndose, además su comentario viene ayudándonos, facilita la interacción con “Él”
            -Cierto-respondió el primero-. Pero “Él” ya no es el mismo.
            -Jamás será el mismo por siempre, deberías saberlo.
            -Cierto, y lo que más me inquieta es la facilidad con la que Aljeos tomó el control esa noche.
            -Si, exacto-respondió con preocupación J.A.- Se está saliendo de control.
            -Lo más probable es que sea el siguiente en salir.

Qué extraña discusión, ¿Quiénes son? Me parecen conocidos. Despierto por completo, han pasado unos días desde que conocí a Ingrid y, debo admitirlo, me he sentido extrañamente contento y optimista, Alberto ha hecho un poco de ausencia como acostumbra.

Me preparo para ir al colegio, al parecer será un día soleado, de cualquier manera escojo mi habitual conjunto: camisa, playera de manga larga debajo, pantalón y zapatos negros. Por ellos me he ganado el mote de “el migraña”, también debido a mi usual mal carácter y tendencia a permanecer solo. No soporto la presencia de más de 5 personas, más me empiezan a desesperar. Igualmente odio el transporte público, más cuando está repleto, con tantas personas hablando y quejándose, que me saturan el pensamiento.

            -¿Qué paso Beto?-me saluda Andrés-. ¿Otra vez de negro?
            -¿Qué hay de malo en ello?
            -Nada…migraña oscura.

Y así empieza mi día, primera clase 7 am., ultima 3 pm. No suelo ser sujeto de rumores o chismes en el colegio, pero Andrés se encargo de difundir que me vio con una chica en el gato negro, ahora, mi usual y desapercibida existencia, es el foco de atención debido a lo extraño que les resulta el suceso a mis conocidos y, peor aún, a desconocidos.

            -¿Cómo se llama?-pregunta engorrosa.
            -¿Dónde la conociste?-pregunta entrometida.
            -¿Son novios?-pregunta que colmó el vaso.
            -¡Basta!- grite-. Carajo ¿Acaso tengo que decirles todo lo que me pasa?
            -¡Ay cuidado! ¡Ya le salió lo migraña!-grito Andrés.
            -¡Calla estúpido!-conteste enfurecido-. ¡Todo esto es por tu culpa!
            -A ver jóvenes calmados- dijo el profesor de matemáticas-. Siéntense que la clase va a comenzar.

¿Qué es esta sensación ardiente en mi pecho? Es como si algo en llamas quisiera salir de adentro. Pasan y pasan las horas, los recesos, donde cualquiera al verme me apunta con el dedo y murmura algo como “fíjate que al migraña…”, vaya día. Pero al menos queda algo de esperanza, Alberto me pidió que fuera al mirador para charlar un poco hoy a las 9 de la noche, quizás con el pueda saber que es esta sensación de ardor en mi pecho.

Me dirijo a la cooperativa escolar a comer, más por costumbre que por hambre, donde la gente que está ahí  se me queda viendo y algunos hasta preguntan, lo único de reciben por respuesta de mi parte es un profundo silencio y una mirada que los hacía retroceder y arrepentirse de haberme preguntado.

            -¿Estas molesto conmigo?-. Pregunta Andrés mientras se sienta en mi mesa.                    -No me molestes, torpe-. Le contesté agresivo.
            -Calmado, calmado-dijo-. ¿Sabes que hoy tu mirada ha asustado a medio mundo?
            -¿En serio?-dije sorprendido-. No lo había notado.
            -De cualquier manera, has estado un poco extraño desde hace unos días.
            -Mmmm... ¿Y?
            -Al verte con esa chica-agregó-. Bueno, pues pensé que ella era la que te hacia actuar así.
            -No saques conclusiones por adelantado- le dije-. Alguno de estos días no me encontraras de humor.
            -OK, nos vemos.

Se va y termino de comer, pago la suma acostumbrada y me dirijo a la última clase del día.
Y como se lentifica el tiempo cuando deseas que pase pronto, seguramente es precisamente por eso, porque quiero que pase rápido, da igual, finjo un poco de atención, participo en clase y el profesor la da por terminada.

            -Nos vemos Beto
            -¡¡Nos saludas a tu novia!!

Por fin, un respiro en este día tan pesado, con tantas miradas sobre mí, el peso de los cuchicheos sobre la espalda, la tensión generada a lo largo del día me tiene exhausto. Apenas y llego a casa me tumbo en la cama y me quedo profundamente dormido.


En una casa majestuosa, a través de una ventana se ve como conversan dos personas, una más alta que la otra, se les nota preocupados, hablan apresuradamente y apenas si respiran.

            -Esta rebasando los límites que tenia-dijo el más alto.
            -Y eso no es lo más preocupante-repuso el segundo-. Tomó el control gran parte del día.
            -Cierto, me temo que no tardara en salir-dijo.
            -Si ese idiota de Alberto provoca a “Él” es más seguro de que Aljeos salga por completo.

Siguen discutiendo cuando, de pronto, callan debido a que escuchan un ruido fuera de la ventana. El más bajo se asoma  cuando, repentinamente, se rompe la ventana y una mano lo toma por la garganta. El sujeto que lo tenía sometido era ni más ni menos que Aljeos, un tipo mediano, vestido con un desgastado conjunto: pantalón de mezclilla, una playera, chamarra de cuero y botas negras. Parecía que apenas había escapado de una celda, pues traía colgando de las muñecas y tobillos, viejos y oxidados grilletes con fragmentos de cadena. De sus grilletes escurría sangre, bajo la larga y negra melena se asomaban unos ojos llenos de odio y furia, dándole a su rostro lobuno una expresión aterradora.

            -Jamás-dijo con odio, mientras entraba a la habitación-. Jamás des por hecho lo que voy a hacer ¿Me oíste?
            -¡Suéltalo Aljeos!-exigió el más alto.

Aljeos le arrojó una mirada asesina y J. Alberto retrocedió, él soltó una fría carcajada llena de malicia, levantó aun más alto a José, que cada vez se retorcía más por la falta de aire.

Parecía estar divirtiéndose ahorcándolo, pero lo arrojó con desprecio a los pies de J. Alberto. José tosió y respiró a grandes bocanadas, mientras Aljeos sacaba una caja de cigarrillos negros y encendía uno.

            -¿Qué es lo que quieres?-peguntó rasposamente José.

Aljeos los miró despectivamente, tomando una bocanada de su cigarro y exhalando lentamente se fue acercando a ambos que permanecían atónitos y horrorizados.

            -De ustedes…nada-dijo-. Solo quería verlos antes de irme de aquí. Quería ver al par de malditos que me encerraron por años en esa pútrida celda.
            -¡Es que acaso no recuerdas todo el daño que causaste con tus actos!-gritó J. Alberto.
-¿Cuál daño?-contestó golpeadamente-. ¿Proteger a “Él” es hacer daño?, el único que me creyó fue Alberto, y a él es al único al que guardo respeto.
            -Pues pierdes tú tiempo-contestó José-.Hace meses que se fue.
            -¿Ya esta fuera?-dijo lentamente, fumando un poco más-. Perfecto, eso es perfecto.

Aljeos introdujo su mano a su chamarra y sacó una revolver Colt .45, José y J. Alberto retrocedieron aún más.

            -Ya sé que aquí adentro no puedo matarlos-dijo con un tono de decepción-. Pero, al menos, puedo dejarlos muy mal heridos.

...

-¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhh!!

Me despierto sobresaltado, sudando frío, esa pesadilla fue demasiado real, demasiado vivida. Me levanto temblado y voy a la cocinita por un vaso de agua, me tomo una pastilla para los nervios, pero no hace efecto, de hecho, empeoró como me sentía.

El reloj marcó las 6 de la tarde, es muy temprano como para ir al mirador a encontrarme con Alberto. Tomo una ducha caliente y me cambio de ropa, después, me dirijo a matar el tiempo en el mirador hasta que Alberto se aparezca. Ya en el parque del mirador, ocupo una de las bancas que  se encuentran pegadas a la pared del kiosco, cuando escucho un par de voces conocidas.

            -¿Entonces nunca sentiste nada por Beto Fernanda?-pregunta Andrés.
            -¿Ese? ¡Bah!  Tuvo su oportunidad y no la supo aprovechar-respondió ella.
            -Qué mala eres-dijo-. A él bien que se le notaba que le gustabas.
            -¿Sabes qué?-dijo-. Me gusta más su primo y ya vámonos que hace frío.

Los oigo alejarse, mi pecho es una flama incandescente, de repente, siento como si me explotara el corazón, como si mi pecho se abriera por la mitad. Abrumado de dolor me tumbo en el suelo.

            -José Alberto ¿Cierto?-dijo una voz fría y seca.
            -Si-asentí-. ¿Y tú quien eres?
            -Aljeos-contesto-. Tú furia
            -¿Qué no se supone que el que salgan de mi debe ser indoloro?
            -A mi no me interesa seguir las reglas de esos-me contestó seco y duro-. Solo dime ¿Qué vas a hacer respecto a esa perra?
            -Nada-dije-. ¿Qué ganaría?
            -¡Ah! ¿Estoy hablando contigo José?

Aljeos metió su  mano a su chamarra y sacó una navaja, lanzo un navajazo que logro pasarme a cortar gran parte del pecho.

            -¡¿Qué diablos te pasa?!-dije mientras sangraba copiosamente.
            -Yo no quiero hablar con la razón, ni el equilibrio-dijo jugando con la navaja entre los dedos-. No, yo quiero hablar con la integración, aún te falta, porque ninguno de los 4 está presente en igual medida.

Arremetió de nuevo contra mí, apenas y logré poner mi mano en frente de la navaja, inmediatamente sentí un inmenso dolor y veía como la sangre brotaba a borbotones de la herida, mientras Aljeos clavaba más y más la navaja, se acercó a mi oído y me dijo:

            -¿Qué vas hacer?-preguntó con una cara maniática-. ¿Esconderte, huir y dejar las cosas inconclusas? Por favor no seas un niñito, nos necesitas a nosotros y nosotros a ti ¿No lo comprendes? Nosotros somos tú…
            -Y yo soy ustedes-dije débilmente.
            -Exacto-respondió con una risa maliciosa-. No te preocupes, no creo que mueras por estas heridas, tu deseo de vivir es muy grande y dudo que yo pueda destruirlo-hizo una pausa y continuo-. Claro, siempre y cuando, no te dejes vencer por ti mismo.

Sacó rápidamente la navaja de mi mano y se marcho, lo último que vi de él fue como limpiaba la sangre de la navaja y se perdía al doblar por una esquina. Estaba perdiendo mucha sangre, no podía levantarme. Empecé a abrazar la idea de que moriría en el parque, cuando, de la nada, escuche una voz de mujer.

            -¡Alberto! ¡¿Qué te paso?!-exclamó.
            -Yo…solo…

Perdí el conocimiento, no reconocí la voz, no era Ingrid o Fernanda, pero su voz me sonaba tan familiar, tan arraigada en mi mente… ¿Quién era?

lunes, 16 de mayo de 2011

Capítulo IV Ingrid

En un tranquilo bar estaban dos personas hablando, uno más alto que el otro.

            -¿Cómo habrá logrado salir?-preguntó el más alto mientas sorbe un poco de su copa de vino.
            -En realidad es muy sencillo-respondió el otro-Solo tenemos que estar  en el lugar adecuado en el momento más inesperado, así podremos salir.
            -Pero ¿Acaso no dejaremos un vacío aquí adentro?
            -No del todo, recuerda que somos parte de él, él es todo, nosotros solo somos una parte, además, nunca abandonaremos del todo el interior, tendremos un recipiente externo, un huésped, si así lo quieres ver.
            -¿Entonces viviremos?-pregunto el otro.
            -En teoría, no recordaremos lo que antes hicimos aquí, pero nuestras formas de pensar seguirán intactas.
            -¡Ya quisiera ver la cara de Alberto al vernos!-Rió el primero.
            -No estoy seguro de que nos reconozca, ni nosotros a él, quizá con el tiempo nos recordaremos unos a otros.

Y siguen platicando, planeando su fuga, mientras siento una brisa, percibo un suave perfume y un agradable olor a comida. Lentamente me despierto y ella me saluda jovialmente.

            -¡Buenas tardes! Vaya que duermes profundo, pensé que con el ruido de la cocina te despertaría.
            -Te diré, es la primera vez que duermo tan bien-dije.
            -¿En serio?-pregunto mientras colocaba un sartén al fuego.
            -Si normalmente solo duermo unas tres o cuatro horas-contesté mientras me sentaba en una silla.
            -Pues hoy rompiste con esa tradición, es la una.
            -Si tienes razón, a todo esto ¿Cómo te llamas?
            -Pensé que nunca lo preguntarías, me llamo Ingrid.
            -Ah vaya, yo me llamo Alberto, bueno en realidad tengo otro nombre pero me llaman más por Alberto.
            -Yo también-respondió-Pero ese nombre forma parte de lo inefable.

Ambos reímos, ella siguió cocinando algo que no me dejo ver y yo tomando una taza de café.

            -Alberto ¿Te puedo preguntar algo?-dijo al cabo de un rato.
            -Si, adelante.
            -¿Por qué no tienes nada de comer en tu refrigerador? Cuando quise preparar algo vi que solo tienes hielos, latas de refresco y un poco de leche.
            -Ah, eso, pues verás, normalmente nunca como aquí, los refrescos son para cuando llego a tener visitas y la leche para mi café.
            -¿Tomas mucho café?
            -Solo una taza en la mañana y otra en la noche.
            -Ya veo.

Por fin, después de unas horas, Ingrid terminó un platillo que consistía en una porción de carne asada con vegetales salteados y un puré de papa. Como era la primera comida que se hacía en mi casa, consideré que sería la ocasión perfecta para sacar un vino que, por impulso, compré cuatro años atrás, un vino tinto algo seco.

            -Esto es para darte las gracias por lo de la madrugada-dijo.
            -¡Bah! No fue nada, solo lo ahorqué y eso fue todo-contesté.
            -No digas eso, que por un momento te tuvo a su merced.
            -Es cierto.
            -Además tienes un ojo morado.

Volvimos a reír, la comida estaba deliciosa y el vino la acompañaba excelentemente. Después de comer le propuse dar un paseo por la ciudad, aceptó y, además, dijo que podríamos ir al gato negro en la noche.

            -¿Lo conoces?-dije sorprendido.
            -Si, mi casa queda cerca de ahí.
            -Oye, a propósito, ¿Qué hacías en ese bar?
            -Ah, pues tenía que cobrarle un dinero a ese tipejo
            -Vaya, creo que después de eso ya no te lo va a pagar.

Reímos otra vez  salimos a dar el paseo por la ciudad. Era una bella tarde con rayos rojos y naranjas que se reflejaban en las nubes, anunciando el fin de este día.

Y vaya día, que en menos de tres horas me llevo a tener mi primera pelea, casi matar a un hombre y después llevar a una desconocida a casa, todo esto iba completamente en contra de la monotonía que se había apoderado de mi vida.

            -Sabes, siempre he pensado que soy una especie de pseudomisántropo- dije al cabo de un rato.
            -¿Por qué?
            -Por qué, es difícil explicarlo, siempre han pesado mucho los recuerdos en mi, tienen un poder absoluto sobre lo que hago, además, siempre mantengo mi distancia respecto a otros y cuando llego a formar una relación, siempre el golpe me lo llevo yo.
            -Mmm, parece que temes lastimar y salir lastimado-dijo.
            -Si, por eso la distancia y aun más, aunque trato de eliminar el poder de los recuerdos, no puedo, siempre regresan.
            -¿Eso qué tan seguido lo haces?-preguntó.
            -Muy esporádicamente.
            -Ahí está el problema, hazlo a cada momento, nada en ellos, ahógate si quieres, piensa y piensa en ellos por días y verás cómo, poco a poco, los recuerdos van perdiendo su poder.
            -Muy bien, lo haré.
            -Bueno Alberto, hemos llegado a mi casa ¿Te parece bien que nos veamos en el gato negro dentro de dos horas?
            -De acuerdo.
            -Hasta pronto-dijo y se perdió tras la puerta.

Vaya día, vaya día, al parecer mi corazón se ha vuelto a abrir a alguien, para Alberto deber ser algo digno de festejarse, pero para mí es preocupante, mostrarme humano me aterra, paso enfrenté del gato negro cuando Alberto va saliendo.

            -¡Vaya casualidad joven amigo!-dijo alegre.
            -Cierto, ¿Dónde te has metido?
            -Ah, eso no tiene importancia, pero quiero saber algo ¿Quién era esa chica con la que pasaste hace un rato?

Relaté todo lo acontecido a Alberto, que tenía una cara de gran contento y alegría.

            -Con que Ingrid ¿Eh? ¡Pero me sorprende más todo lo que hiciste!
            -A mí me preocupa
            -Vamos, deja esa fría razón, un equilibrio entre pasión y razón es lo que necesitas, además de la inmersión en los laberintos de la mente.
            -¿Cómo son esas inmersiones?
            -Ya lo verás, ya lo verás, por ahora solo te puedo decir que consiste en una serie de preguntas.
            -¿Qué clase de preguntas?
            -Ah, sobre esto y aquello-dijo restándole importancia-Pero tengo algo más importante que decirte, más bien es un mensaje para alguien-hizo una pausa y después dijo en un tono profundo, casi de ultratumba-Dentro o fuera da igual, siempre estaremos ligados a él mis amigos.
            -¿Qué?-pregunté extrañado y asustado.
            -Tranquilo, es para unos amigos míos dentro de ti, pronto los conocerás.
            -¿Cómo? ¿Dentro de mí?
            -Claro, son parte de ti, yo salí de tu interior, tengo una vida corpórea aquí afuera, pero cuando todo el proceso que se ha iniciado para ti termine tendré que volver.
            -¿Qué proceso?
            -Ah, verás, cada parte de tú personalidad saldrá y cuando lo haga se pondrá en contacto contigo, cuando todos hayan salido, tú tendrás que decidir cuáles regresarán y cuáles no, para ser sincero, solo somos cuatro.
            -¿Y quiénes son?
            -Tomamos uno de tus nombres, yo soy tú pasión y tomé Alberto, tú razón tomó José y el tercero que es un equilibrio entre José y yo, tomó tus dos nombres, aunque a él José lo tiene completamente manipulado.
            -¿Y el cuarto?
            -Él es al que ninguno de nosotros tres tratamos, tú furia tomó por nombre Aljeos, una mezcla de tus dos nombres y es el del único que hay que cuidarse.
            -¿Por qué?
            -Ya lo sabrás, por ahora no te quito más tiempo, tienes una cita y no debes faltar y te doy un consejo-se acercó y me dijo al oído-No la dejes ir.

Se despidió y se perdió entre la gente que caminaba. ¿Cuándo conoceré a mis personalidades? ¿Dónde? Me quede parado un buen rato, cuando escucho abrirse una puerta. Es Ingrid. Sonrío.

martes, 12 de abril de 2011

Capítulo III Un paseo

Un oscuro diseño,
Tal vez una idea robada.

La marca de un animal extraño,
Que se aísla en su soledad creada.

Que vive de lo que antes negaba.
Extraño y contradictorio es el animalito.

Y así vive, marcado, odiado y solito.

Letras y palabras sueltas, solo les doy un espacio donde puedan salir, un detalle curioso es que, aunque trato de que no tengan que ver conmigo, siempre pongo algo que me represente dentro de ellas.

Ignoro por qué lo hago, tal vez sea solo porque así siento que me libero, que así suelto una parte de mi para que respire un poco de aire fresco y después vuelva a dentro a cumplir con la condena que le he impuesto, ya sabrán que parte es, aquella que Alberto quiere resucitar.

Dejo mi verso de lado y me recuesto en mi cama, solo para escuchar un poco de música. ¡Ah! Como me hace recordar y hacer añoranzas, también está mi favorita, la de aquel extraño grupo de los países balcánicos, con su atmosfera teatral y amenazante, que me hace vagar dentro de mí, perderme en mis miedos y esperanzas.

Ya es muy noche, el reloj de la pared marca las dos de la madrugada, afortunadamente es viernes y las clases han terminado. Como no había nada que hacer, decidí dar un paseo por esta ciudad, yo siempre he insistido en que no pertenezco a ninguna ciudad, he vivido en dos antes de esta y en la que nací es a la única que le confiero el título de “mi tierra”, pero aun así no me siento muy vinculado a ella.

Camino por las calles desiertas, tal y como me gusta hacerlo todas las noches que le dedico a ello, así he conocido a gente y lugares únicos (tales como el café-bar “El gato negro” el único lugar que frecuento en parte por su gran ambiente, buenos tragos y excelente sección de libros). También en estos paseos recuerdo a esas mujeres que se han cruzado por mi camino, sus rostros, aroma y los momentos que pase con ellas, y claro, el vacío y el mismo dolor que dejan.

            -Siempre más cerca, siempre más doloroso-. Digo en voz baja. Abandono las calles de siempre y me adentro en las de los suburbios, termino por las calles cerca del límite de la ciudad y al doblar una esquina me tope con una escena muy particular.

Frente al bar “As de espadas” estaba un ebrio molestando a una chica.

-¡Te voy a enseñar a respetar a tus mayores pendeja!-.Gritaba el ebrio tomando por el pecho y una mano a la chica.
-Suéltame ¡joven ayúdeme!-.Me imploró.

Me quede plantado como idiota y, después de un momento, decidí actuar. Por toda respuesta solo le asesté un puñetazo en la cara al tipejo, que termino tendido en la banqueta.

-¡Ah! Muy gallito ¿no cabrón?-. Dijo después de levantarse y  al terminar de hablar, solo sentí un fuerte dolor en la cara, me había golpeado en el ojo izquierdo. Ese golpe tuvo grandes consecuencias en mi y terminé casi inconsciente, tendido en el suelo y recibiendo patadas por parte del ebrio.
-¡Ya déjelo! ¡Lo va a matar!-. Gritaba la chica histérica.
-¡Que se muera!-. Grito el tipo.

Y eso fue lo último que dijo el ebrio, porque inesperadamente me levante, lo tome por la garganta y lo empecé a ahorcar tan fuerte, que lo levante del suelo, no pensaba, solo era una furia ciega, quería destruirlo, matarlo.
           
-¡Detente!-. Me rogó lo chica- ¡Por favor detente!-. Dijo antes de romper a llorar. No sé que había en la voz y las lágrimas de ella que me hicieron reaccionar, solté al asqueroso tipo y me acerque a ella.
           
-Descuida, ya termino, ya no llores-.Le dije.
- Gra…gracias por ayudarme-.Dijo entre sollozos
-No es nada, no es nada.
-Pe…pero mírate, estas todo golpeado.
-Na…he esta mejor-. Contesté

Ella solo soltó una risita y se desmayo, no podía dejarla ahí, el tipo podría despertarse en cualquier momento, así que la tome en brazos y la llevé a casa.

A pesar de que trate de quitarme el polvo y limpiarme la sangre, atraje las miradas al pasar por el centro de la ciudad, supuse que era por llevar a esta chica de cabello castaño, vestida de negro, con un collar de cruz egipcia.

Al llegar a casa le hice un espacio en mi cama, siempre tan repleta de libros y cosas. Fui a la cocinita y prepare café, así mismo, saqué un hielo para mi ojo.

Mientras me tomaba mi café reflexione sobre todos los extraños sucesos que me habían pasado en esta temporada, el encuentro con Alberto, la discusión con el profesor y ahora esta pelea, cosas que no encajan dentro de lo que era la vieja y monótona rutina que tenía desde hacía unos dos años.

La chica era linda, traté de despertarla, pero se acurrucó y me provoco un extraño sentido de ternura, así que la deje dormir en paz, ya tendría oportunidad de hablar con ella. El reloj de la pared marcó las cuatro y treinta de la madrugada, estaba terriblemente cansado, aún así, antes de dormir arregle un poco la casa, que estaba hecha una verdadera pocilga y me cuestione si esto lo hacía por ella.

Parece que sí, la pasión esta resucitando, pero me niego a que vuelva.

De nuevo, tomé la libreta de mis versos y  escribí:

Calla, ella duerme en silencio.
Deja que los huesos se calienten
en la hoguera del suspenso

Quiero vaciar mí mente,
que ya nada sea aparente.

Agitar el tiempo y llegar casa
siempre contento